miércoles, 12 de octubre de 2011

Desde Iasi con amor

   Vine a Rumanía porque se lo prometí a mi padre.
  Como estoy lleno de prejuicios, y de perjuicios, vine con la idea de pasar unos días en algo así como Comala.
  De momento no he visto zopilotes ni gente fantasmagórica ni llanos en llamas.
  Ni tíos Ceferinos.
  Así que tendré que contarme, y contarte, las historias yo mismo.
  En cuanto me dijeron que faltaba uno para acompañar a diez estudiantes y dos profesores no me lo pensé dos veces. 
  ¡Diez días en la región moldava de la Rumanía! 
  Enseguida repasé junto a Pablo todos los jugadores rumanos que hemos conocido: Hagi, Craioveanu, Illie, Raduciou, Filipescu, Popescu, ...
  Luego repasamos los escritores rumanos que conocíamos: Tristan Tzara, Ionesco..., y para de contar. Y para colmo escribieron sus obras más importantes en francés.
  Por aquí, arrea, no son muy conocidos. Y nada laureados. 
  O sea que no sé de qué hablar con la gente.
 Menos mal que mis alumnos son muy leídos. Mira cómo compran libros dadaístas y de teatro del absurdo:



  Lo hacen también para quitarse el frío, porque saben que la cultura calienta el espíritu. Aquí estábamos helándonos, porque aún no habíamos descubierto los puestos de libros de segunda mano de la calle Alexander Laipeanu:



  La ciudad de Iasi está llena de librerías, de tenderetes con libros que toman el sol de la tarde, de kioskos de libros de segunda mano, de bibliotecas, de librerías anticuarias, de museos literarios, de estatuas dedicadas a sus poetas: Eminescu, Ian Creange, Kosicki, Isaki, Arguezzi...
  ¿Te suena alguno?
  A mí tampoco.
  Habrá que espabilarse.





  En el boulevard de Carol I están todas las universidades. Es una hermosa calle llena de gente joven que baja y sube, que va y viene, que pide cafés a 1 lei (algo así como 25 céntimos de euro) y algún bollo. Tiene grandes árboles y  muchas floristerías y unos tranvías que se arrastran por el asfalto como desangrándose pero que consiguen, tras muchos bufidos, llegar a su destino.
  Yo, cuando veo un tranvía, siempre me acuerdo de una de esas frases geniales de González Ruano:

"Hoy me duele el tranvía que pasa, y hasta el que no pasa".

  A veces, cuando los profesores de Rumanía no me ven, me cuelo en uno de sus muchos cafés y saco un libro de Faulkner (pero del americano te hablo otro día).
  Es como cuando yo era estudiante de COU y me saltaba las clases, jeje.
  Es un placer indescriptible. O inenarrable. O inexpositible. O inargumentable.

  Iasi tiene también muchos monasterios de ortodoxos muy bonitos y eso, y otros muchos edificios de gran valor arquitectónico y tal, pero de eso te hablo también otro día.

  Por estos lares la literatura, ¡barástolis!, está presente hasta en los bares:




  En este pub estuvimos recordando alguno de los famosos aforismos que surgen cada dos por tres en El retrato de Dorian Gray o en La importancia de llamarse Ernesto.
  Y me tuve que tomar algunas guinnes, claro, a la salud de Oscar, por supuesto, que se la dejaron al pobre muy estropeada.

5 comentarios:

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  2. Enuidia enuidiarum et omnia enuidia

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  3. Al fin vi, en el Palacio de Alexander Ion Cuza, un samovar.
    Y era de plata.
    Y me acord'e de ti.
    Un abrazo.

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  4. Cuando vez estas cosas te acuerdas de la ultra-liberal Esperanza Aguirre. Un saludo

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  5. A Esperanza Aguirre habría que darle mancuerda.
    Saludos.

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